Dios hace como El quiere


- Por Gilda Orlandi -


Dios nos recuerda con frecuencia que en realidad nada "depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia". (Romanos 9:16). Esto nos ayuda a mantenernos siempre humildes delante del Señor.

Pablo dijo en la carta a los Efesios: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe" (Efesios 2:8, 9).

Dios hace como Él quiere con nosotros, en nosotros y a través de nosotros. Nos usa como instrumentos suyos para bendecir otras vidas, a pesar de nuestras limitaciones y faltas, y nos recuerda constantemente que "... tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros". (2a Corintios 4:7).

En realidad, sin Dios nada somos. A Él y sólo a Él corresponde toda la gloria y la alabanza. Cuando mantenemo esta sincera actitud delante de Él, más se glorifica.

Recuerdo que en una ocasión, una de mis amigas en Humacao se había fracturado uno de los dedos del pie. Yo acababa de conocer a Cristo y no conocía todavía mucho de la Palabra de Dios. Mi amiga me dijo: "Gilda, ora por mi dedo para que se cure." Su petición me sorprendió. De momento, no supe qué hacer. Me di cuenta de que mi fe no daba para tanto, pero no la podía defraudar. Ella sí confiaba en que Dios la podía curar. Tragué, respiré profundo, me incliné y puse mi mano sobre su dedo fracturado. Comencé a decir, de todo corazón:

"Señor, mi fe es muy pequeña. En realidad, no puedo tener fe en mi fe, pero sé que por encima de mi poca fe, tú eres un Dios grande. Mi fe no alcanza, pero tu poder es mayor que mi poca fe. Te pido, por favor, que sanes el dedo de mi amiga."

Al decir estas palabras, lágrimas bajaron por mis mejillas, y sentí la presencia de Dios en mi vida. Sentí el poder de Dios fluyendo a través de mi mano, y al instante, el dedo de mi amiga fue sanado. Comprendí entonces que no se necesita realmente tener una gran fe, sino que la que tengamos la usemos. Lo que se necesita es una fe sincera, aunque sea pequeña, en el poder de un Dios grande.

Yo había dicho como el padre del muchacho enfermo del relato bíblico, al que Jesús le dijo: "Si puedes creer, al que cree todo le es posible", y él contestó: "Creo; ayuda mi incredulidad". Su hijo fue sanado en aquel instante. Había puesto en aquel momento mis ojos en "Jesús, el autor y consumador de la fe" (Hebreos 12:2), y É1 hizo el milagro.

La humildad y sencillez con que me allegué a Dios, la compasión que sentí por mi amiga y una pequeña fe puesta a funcionar, tocaron en aquel momento el corazón de Dios, y el Señor se glorificó. El Señor nunca desprecia un corazón contrito y humillado.

En otra ocasión, me encontraba yo en la Universidad Metropolitana en Río Piedras, en una de mis horas libres. El Señor me inquietó a ir hasta una cafetería que no acostumbraba frecuentar. Compré un chocolate caliente y me senté en una de las mesas. Frente a mí había una joven que me resultaba muy familiar, que no dejaba de mirarme. La joven se levantó, se me acercó y me dijo: "Profesora, ¿no se acuerda de mí?"

Entonces recordé: se llamaba Rosa. Había sido una de mis estudiantes hacía cinco años atrás, pero había aumentado algunas libras y había cambiado su estilo de peinado. Me dijo que había tenido que dejar los estudios por un tiempo, y recién comenzaba a estudiar otra vez.

Desde hacía varios años venía padeciendo de fuertes ataques de epilepsia. Los mismos habían ido aumentando en frecuencia e intensidad al pasar el tiempo. Me informó que los ataques eran causados por un tumor cerebral que tenía que ser operado. Con lágrimas en los ojos me confesó que tenía miedo, ya que la semana siguiente tendría que hacerse unos análisis para salir de inmediato hacia Boston, donde le harían la operación.

En seguida comprendí por qué el Señor me había movido hasta la cafetería. Comencé a hablarle del Señor, a decirle que no temiera, que confiara en Él, que Dios era poderoso para hacer desaparecer ese tumor. Le pedí su dirección, porque pensé en visitarla durante el fin de semana para orar por ella antes de su viaje, y me despedí.

Cuando llegó el fin de semana se complicó todo. Tuve que ir a predicar en una reunión de Mujeres Cristianas Profesionales y de Negocios y no me fue posible visitar a la es tudiante. Me entristecí mucho. En mi automóvil, mientras conducía, comencé a llorar y a orar por ella. Le dije al Señor:

"Señor, tú sabes que yo quería ir a casa de Rosa a orar por ella. No voy a poder ir, pero yo no soy la que tengo que ir, eres tú. Te pido que ahora mismo la visites, y en el hombre de Jesús, Padre, disuelvas ese tumor. Tú puedes hacerlo. Te lo pido por favor, en el nombre de Jesús. Amén."

Las lágrimas casi no me dejaban ver la carretera. Sentía una gran compasión por Rosa. Era el amor de Dios fluyendo, y el Espíritu Santo instándome a interceder por ella. La presencia de Dios me llenaba. Al terminar de orar, sentí una gran paz en mi espíritu. Sabía que Dios me había escuchado.

Pasaron los días y llegó el jueves en el que Rosa debía partir hacia Boston. Yo la suponía en el avión. Buscaba yo a una compañera de trabajo, en la Universidad, pero de momento, el Señor cambió mis pasos y me dirigió hacia otro de los edificios. En realidad, yo no tenía nada que hacer allí, pero el Señor me inquietaba a continuer en esa dirección. De momento, se abrió la puerta de uno de los salones y Rosa salió. Por poco choca conmigo. No sé cual de las dos se sorprendió más.

Le pregunté: "¿Qué haces tú aquí? ¿Tú no ibas para Boston?". A lo que me respondió con una amplia sonrisa, llena de entusiasmo y emoción: "Yo no sé lo que usted hizo, yo no sé si usted oró por mí o qué, pero cuando fui a la doctora, me sacaron placas y el tumor había desaparecido. La misma doctora no lo podía creer. Ese tumor llevaba allí siete años y de repente había desaparecido. ¡Yo sé que fue el Señor!".

Comenzamos a darle gracias a Dios y a glorificar Su nombre, allí en el pasillo, mientras maestros y estudiantes continuaban su camino durante el cambio de clases.

El Señor había hecho una obra maravillosa en la vida de Rosa, desapareciendo en un instante el tumor que tanto mal le había ocasionado durante tantos años. Nunca más le volvieron a dar los ataques de epilepsia, y pudo continuar sus estudios sin problema alguno.

Yo no había podido ir a casa de Rosa a orar por ella, pero el Señor escuchó mi oración hecha desde lejos y realizó la obra a distancia.


Este testimonio está incluído en el libro "EL DIOS NUESTRO DE CADA DIA... y algunos milagros cotidianos", de Gilda Orlandi.


Para ver la Tabla de Contenido y más información sobre el libro
pase a esta página.

Regrese a la página principal

El InterCambio - Anuncios Gratis!
El InterCambio - Anuncios Gratis!