*La paz de Cristo*

     Por Gilda Orlandi

                                                                                                         “Mi paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy
                                                                                                         como el mundo la da. No se turbe vuestro
                                                                                                           corazón, ni tenga miedo.” (Juan 14:27)
 
Hoy más que nunca la necesidad de paz se hace imperativa en el mundo. La gente vive asustada, casi paranoica en todo el planeta. El temor a más actos terroristas ha movido a las naciones a formar una coalición, con el fin de acabar con tan terrible amenaza. El problema es que los métodos que el mundo utiliza para acabar la violencia son violentos también. El ejemplo clásico lo tuvimos en tiempos de Roma, cuando el Imperio logró la famosa “Pax Romana”: doscientos años de paz. En realidad fue una paz forzosa, la paz del sojuzgamiento. Había paz, porque el ejército romano intervenía y acallaba los intentos de rebelión, a veces en forma abusiva. Había paz, porque se imponía por la fuerza. Sin embargo, no había paz en los corazones. Roma se caracterizó siempre por la violencia, manifestada aún en sus deportes y entretenimientos sanguinarios.

Fue precisamente a inicios de la “Pax Romana” que Dios nos envió a su Hijo unigénito, para que estableciera un verdadero reinado de paz. La paz de Cristo es distinta a la pax romana. La paz de Cristo no depende de las circunstancias. La paz de Cristo procede de El y se entrona en el corazón de todo aquel que en El confía, aún en medio de las batallas más cruentas, de los momentos más terribles. Es la paz en medio de la guerra misma. Es una paz sobrenatural que sobrepasa todo
entendimiento e imaginación.

Hace a penas unos días perdí uno de mis amados hermanos, quien partió a su morada eterna. Hacía unos años, había perdido a mi padre. Luego, le llegó el turno a mi abuela materna. Entonces, le siguieron dos tíos y dos tías. Todos están hoy con el Señor. Durante todas esas pérdidas, la paz de Cristo ha estado conmigo y con cada uno de mis familiares. Es algo que sorprende. Sólo se puede entender cuando se vive. Hay tristeza, pero hay paz. Hay dolor, pero hay paz. La paz proviene de la certeza de que Dios está con nosotros y de que hay una vida eterna prometida por El para todo aquel que en El cree. Sé que volveré a ver a mis seres queridos que parten con el Señor. Eso es tremenda esperanza. Eso trae paz. Eso trae consuelo. Además, el Espíritu Santo, a quien Jesús llamó el Consolador, a quien El envió en Su nombre para que estuviera con nosotros todos los días, nos abraza en momentos de dolor y de angustia brindando ese oportuno consuelo, fortaleza y paz de la que Jesús habló cuando nos dijo: Mi paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.
No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.”

No hay por qué temer. ¿Qué es lo peor que nos podría suceder en este mundo?¿Qué muriéramos, o que muriera un ser querido? Para los que creemos en El, no hay muerte, sólo separación temporera, como cuando alguien se va de viaje por mucho tiempo. Nos alberga la esperanza de un futuro encuentro, esta vez, para siempre.

Somos testigos de que la paz de Cristo es real. Somos testigos de que el Señor nunca desampara a los suyos. Podemos cantar el cántico que dice: “Porque El vive, no temo al mañana. Porque El vive, en mí no hay temor, porque yo sé que el futuro es suyo. La vida vale más y más solo por El.”

Podemos vivir la paz de Cristo cuando El es real en nuestra vida. Podemos vivir la paz de Cristo cuando le conocemos a El y llevamos una vida de íntima relación con El. Es lo que el mundo necesita. Seamos instrumentos de paz. Proclamemos con nuestra propia vida el evangelio de la paz. Modelemos al mundo la paz. Contagiemos a otros con la paz, con esa paz que el mundo no puede dar, con la paz de Cristo. Seamos embajadores de Su paz.



 

* Escribí este artículo a sólo unos días de la partida de mi hermano Giovanni. Se publicó el domingo 28 de octubre en la revista El Vigía de la Primera Iglesia Bautista de Carolina. Hacemos referencia a la situación de paranoia general que vive el mundo luego de los actos terroristas del 11 de septiembre.
 

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