como el mundo la da. No se turbe vuestro
Hoy más que nunca la necesidad de paz se hace imperativa
en el mundo. La gente vive asustada, casi paranoica en todo el planeta.
El temor a más actos terroristas ha movido a las naciones a formar
una coalición, con el fin de acabar con tan terrible amenaza. El
problema es que los métodos que el mundo utiliza para acabar la
violencia son violentos también. El ejemplo clásico lo tuvimos
en tiempos de Roma, cuando el Imperio logró la famosa “Pax Romana”:
doscientos años de paz. En realidad fue una paz forzosa, la paz
del sojuzgamiento. Había paz, porque el ejército romano intervenía
y acallaba los intentos de rebelión, a veces en forma abusiva. Había
paz, porque se imponía por la fuerza. Sin embargo, no había
paz en los corazones. Roma se caracterizó siempre por la violencia,
manifestada aún en sus deportes y entretenimientos sanguinarios.
Fue precisamente a inicios de la “Pax Romana” que Dios nos envió
a su Hijo unigénito, para que estableciera un verdadero reinado
de paz. La paz de Cristo es distinta a la pax romana. La paz de Cristo
no depende de las circunstancias. La paz de Cristo procede de El y se entrona
en el corazón de todo aquel que en El confía, aún
en medio de las batallas más cruentas, de los momentos más
terribles. Es la paz en medio de la guerra misma. Es una paz sobrenatural
que sobrepasa todo
entendimiento e imaginación.
Hace a penas unos días perdí uno de mis amados hermanos,
quien partió a su morada eterna. Hacía unos años,
había perdido a mi padre. Luego, le llegó el turno a mi abuela
materna. Entonces, le siguieron dos tíos y dos tías. Todos
están hoy con el Señor. Durante todas esas pérdidas,
la paz de Cristo ha estado conmigo y con cada uno de mis familiares. Es
algo que sorprende. Sólo se puede entender cuando se vive. Hay tristeza,
pero hay paz. Hay dolor, pero hay paz. La paz proviene de la certeza de
que Dios está con nosotros y de que hay una vida eterna prometida
por El para todo aquel que en El cree. Sé que volveré a ver
a mis seres queridos que parten con el Señor. Eso es tremenda esperanza.
Eso trae paz. Eso trae consuelo. Además, el Espíritu Santo,
a quien Jesús llamó el Consolador, a quien El envió
en Su nombre para que estuviera con nosotros todos los días, nos
abraza en momentos de dolor y de angustia brindando ese oportuno consuelo,
fortaleza y paz de la que Jesús habló cuando nos dijo: “Mi
paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.
No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.”
No hay por qué temer. ¿Qué es lo peor que nos podría
suceder en este mundo?¿Qué muriéramos, o que muriera
un ser querido? Para los que creemos en El, no hay muerte, sólo
separación temporera, como cuando alguien se va de viaje por mucho
tiempo. Nos alberga la esperanza de un futuro encuentro, esta vez, para
siempre.
Somos testigos de que la paz de Cristo es real. Somos testigos de que
el Señor nunca desampara a los suyos. Podemos cantar el cántico
que dice: “Porque El vive, no temo al mañana. Porque El vive, en
mí no hay temor, porque yo sé que el futuro es suyo. La vida
vale más y más solo por El.”
Podemos vivir la paz de Cristo cuando El es real en nuestra vida. Podemos
vivir la paz de Cristo cuando le conocemos a El y llevamos una vida de
íntima relación con El. Es lo que el mundo necesita. Seamos
instrumentos de paz. Proclamemos con nuestra propia vida el evangelio
de la paz. Modelemos al mundo la paz. Contagiemos a otros con la paz, con
esa paz que el mundo no puede dar, con la paz de Cristo. Seamos embajadores
de Su paz.
* Escribí este artículo a sólo unos días
de la partida de mi hermano Giovanni. Se publicó el domingo 28 de
octubre en la revista El Vigía de la Primera Iglesia Bautista
de Carolina. Hacemos referencia a la situación de paranoia general
que vive el mundo luego de los actos terroristas del 11 de septiembre.
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