
Un encuentro que cambió mi vida
Muchas personas piensan que el cristianismo es una
religión más, llena de prohibiciones y de aburrimiento, porque así lo proyectamos a veces los cristianos. Convertimos a Dios en algo lejano y abstracto, que no tiene nada que ver con nuestra vida diaria. Así lo veía yo.
Pero un día maravilloso y definitivo, Jesús
se reveló a mi vida en todo su esplendor. Yo había oído
hablar de Él, pero no le conocía. Para mí, Jesús
era tal vez un profeta más, un gran filósofo, pero no el
Hijo del Dios viviente. El hecho de la resurrección de Cristo no
tenía ningún significado para mí. No lo entendía,
no lo creía. Pero, sin embargo, mi alma tenía sed de Dios,
del Dios vivo. No sabía dónde estaba, no sabía cómo
buscarlo, pero mi corazón clamaba por la verdad.
Por ser profesora de Humanidades, me había familiarizado
con distintas religiones del mundo. Había tenido en mis manos el
Korán, el Bhagavad Gita, los libros de Ramacharaka, Krishnamurti,
Lobsam Rampa, el Popol Vuh y otros tantos. Había ido en pos de «gurús»
de la India a escuchar sus pláticas existenciales, y nada de ello
me complacía del todo.
Durante algún tiempo había
oído decir a los cristianos que Cristo volvería otra vez.
Esto comenzó a preocuparme profundamente, pues temía que
me fuera a pasar como a los judíos, que estuvieron tan cerca de
Jesús y no lo reconocieron como el Mesías.
Conocer la verdad ha sido siempre para mí una
necesidad de vida o muerte, una prioridad en mi vida. No podía conformarme
con verdades a medias, mucho menos con mentiras. Dios, quien conoce aún
lo más oculto del corazón de las personas, vio mi corazón
y contestó mi clamor silencioso.
Una tarde estaba yo en mi casa en Humacao, meditando
en lo que había oído de los tiempos del fin y del regreso
de Jesús. Yo no sabía a ciencia cierta cómo sería
que Él vendría. Pensaba que iba a reencarnarse. No entendía
bien el asunto de la resurrección. De sodas formas, necesitaba conocerle.
Meditaba yo en lo que había oído acerca
de los tiempos del fin y del regreso de Cristo cuando, de pronto, comencé
a sentir una paz sobrenatural que llenaba cada rincón de la habitación.
Una nube espesa comenzó a cubrir todo el lugar. Cerré mis
ojos y, aún con los ojos cerrados, una fuerte luz me iluminaba.
Escuché entonces, audiblemente, en mi interior, una potente voz
que decía: «CRISTO VIVE... CRISTO VIVE. .. CRISTO VIVE.»
Mi mente natural y mi orgullo intelectual combatían contra aquello
que me estaba sucediendo. Comencé a decirme: «Qué ridícula
eres. ¿Cómo vas a creer eso?» Pero «la luz
en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella»
(Juan 1:5).
La verdad es más poderosa que la mentira, y
la verdad se estaba manifestando a mi vida. Dice Juan 14:26 que «el
Espíritu Santo, a quien el Padre enviaría en el nombre de
Jesús, nos enseñaría sodas las cosas... (paráfrasis
mía) y nos guiaría a toda la verdad» (Juan 16:13).
Comencé entonces a ver, como en una pantalla
de cine en mi interior, escenas de mi vida en las que yo había fallado
ante Dios, en las que yo había pecado. Todo sucedía a una
velocidad vertiginosa. Sentí un profundo arrepentimiemto. Lloré,
lloré ante la excelsa presencia de Dios, pidiéndole perdón
por tantos años de vida apartada de Él, por todos mis pecados,
uno por uno, los que fueron apareciendo en mi mente como en una película.
Entonces, el llanto de arrepentimiento se convirtió en llanto de
alegría al sentir el profundo amor de Dios, a través de Jesús,
abrazándome, recibiéndome, perdonándome y transformándome
en una nueva criatura.
Sentí literalmente como que un enorme peso me
fue quitado de los hombros. Me sentí liviana, limpia, inocente.
Hasta la piel me parecía más suave, como la de un bebé.
Por dentro sentía como si una manguera de agua me limpiara. Por
fuera eran mis lágrimas. Abrí los ojos, y sentí como
si me hubieran quitado unas vendas de los ojos, como si hubiera estado
al revés y me enderezaran.
Miré hacia arriba, hacia el techo, y pude ver,
como flotando en el espacio, con mis ojos bien abiertos, la más
maravillosa visión. Vi un rostro transparente que me sonreía,
resplandeciente, lleno del más sublime y profundo amor que pudiera
existir Era un rostro luminoso de varón, con barba, bigote y cabellos
de un color blanco que no puedo describir. Sus cabellos llegaban casi hasta
sus hombros, separados en medio de la frente. Su mirada y sonrisa penetraron
hasta lo más profundo de mi espíritu. El amor y la comprensión
que emanaban de aquel rostro conmovió lo más profundo de
mis entrañas. Sabía que era el rostro de Jesucristo, lo sabía
en mi interior. No era un fantasma, ¡era una visión espiritual
del Cristo resucitado, del Cristo glorificado! El Espíritu Santo
había venido a mi vida pare revelarme al Cristo vivo! Como a Pablo,
el Cristo resucitado se había manifestado a mi vida. Como a Pedro,
Dios mismo, a través de su Espíritu Santo, acababa de revelarme
que Jesús es «el Cristo, el Hijo del Dios viviente»
(Mateo 16:16), y no un profeta más en la historia. Eso era todo
lo que necesitaba saber.
Me tiré de rodillas al suelo y dije: «Señor,
si tú vives, te entrego mi vida. Haz con ella lo que tú quieras.»
Y me levanté cambiada. Allí comenzó una nueva Gilda,
lavada por la sangre de Jesús, reconciliada con Dios, nacida de
nuevo en el Espíritu.
Comencé entonces a descubrir, poco a poco, la
maravilla de vivir tomada de la mano de Jesús. Podía ahora
decir como Job: «De oídas te había oído;
mas ahora mis ojos te ven» (Job 42:5). Hasta entonces, había
estado ciega a las cosas espirituales. En una ocasión dijo Jesús:
«De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo,
no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3). ¡Con razón
yo no podía ver el reino de Dios, era imposible! No había
nacido de nuevo. Pero desde aquel encuentro glorioso con mi Redentor y
Salvador, con el Cristo vivo de la historia, con el que es «el
camino, y la verdad, y la vida» (Juan 14:6), comencé a
vivir la más maravillosa aventura.
Desde entonces, he podido unirme a tantos otros que
día a día ven la mano maravillosa de Dios interviniendo en
los asuntos grandes y pequeños de la vida. (Siempre ha intervenido;
era yo la que no podía verlo.) Desde entonces he sido testigo, junto
a otros tantos, de las manifestaciones de amor y de misericordia de Dios
en favor de la gente, de milagros y maravillas cotidianas. He sido testigo,
junto a otros, de la intervención de los ángeles de Dios
en favor de las personas en apuros. He visto cuánto nos ama Dios
y cuánto desea lo mejor para nosotros.
Ahora sé que la verdadera vida cristiana no
es una vida religiosa, no es una vida aburrida. Ahora sé que que en los relatos de la Biblia podemos encontrar verdades eternas que
se repiten a diario y se extienden haste nuestros tiempos.
Gilda Orlandi
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Este testimonio está incluído en el libro "EL
DIOS NUESTRO DE CADA DIA... y algunos milagros cotidianos", de Gilda Orlandi.

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