Los acontecimientos del 11 de septiembre, la partida de Giovanni, la reciente muerte inesperada de algunos compañeros de trabajo, amigos y conocidos, todos ellos relativamente jóvenes, me ha movido a reflexionar. Estamos en esta tierra en tránsito hacia la eternidad. Sólo Dios sabe cuál será nuestro último día aquí en la tierra. No sabemos quién ha de ser el próximo en partir. Puedo ser yo, puede ser cualquiera, no importa la edad. Es una realidad ineludible. Tan cierta, como que ya Giovanni no está físicamente con nosotros. Por eso, es mi responsabilidad escribirles.
Es necesario que estemos preparados para vivir y también para el momento de la partida. Digo partida, porque en Cristo, no hay muerte espiritual. El cuerpo fallece, pero el alma y el espíritu viven para siempre. Además, habrá una resurrección futura. La resurrección en tiempo y espacio histórico de Cristo, es la garantía. Claro, esa vida eterna, esa resurrección postrera, para vida eterna, no es para todos. Jesús fue bien claro cuando dijo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente" (Juan 11:25-26). El no fue con rodeos. Es para los que creen en El. Tampoco fue con rodeos cuando dijo: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Juan 14:6). El es el único camino al Padre. No es egolatría, no es capricho, no es exclusivismo religioso. Es un hecho, es verdad. O le creemos a Jesús, o no le creemos. O es quien dice que es, o es un farsante. Mahoma nunca dijo nada de eso acerca de sí mismo. Tampoco Buda, tampoco Mita ni ningún otro líder religioso. Jesús fue bien claro y directo en lo que dijo. También dijo "En la casa de mi Padre, muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis" (Juan 14:2-3). Por todo esto, estoy segura de que un día volveré a ver a Papi, a nuestros abuelos y tíos, a Giovanni, porque todos ellos, con todas sus faltas y defectos, le creyeron a Jesús y un día decidieron, conciente y voluntariamente, aceptar a Jesús como Salvador de sus vidas, reconociendo humildemente que necesitaban de El el perdón. Dios es fiel, aunque seamos infieles. Dios es misericordioso y conoce nuestra humana debilidad. Dios conoce la intención de los corazones y es por ella que seremos juzgados.
Es necesario que cada uno de nosotros se pregunte bien en serio: "Si hoy me tocara partir de esta tierra, ¿estoy seguro/a de que al cerrar mis ojos aquí, los abriré en la presencia del Señor?" Es la pregunta más importante y es impostergable. Si la respuesta es "sí", gloria a Dios por eso. Entonces, adelante de la mano de Jesús, "de aquí a la eternidad", como escribió Rolin en el "Guest Book" de la página web que preparé a la memoria de Giovanni. Si la respuesta es: "¿Qué se yo?", "Yo no sé", o "Creo que no", entonces, este es el momento indicado para adquirir el boleto gratuito, sin fecha de partida, hacia la eternidad. El precio fue pagado hace 2001 años en la cruz del calvario. Cristo pagó ya tu pasaje y el mío. Sólo tienes que reclamarlo. Está en reserva hasta que lo reclames. Para reclamarlo, solo tienes que hablar con Dios, ahí mismo si quieres, y decirle algo así (claro, en tus propias palabras):
"Dios, te pido perdón por cada uno de mis pecados y ofensas. Límpia aún mis pensamientos. Arranca de mí toda raíz de amargura, todo rencor, toda tristeza, todo lo que me ate al pasado y que no me edifique, todo lo que me dañe o dañe a otros. Necesito tener una más estrecha relación personal contigo. Acepto el sacrificio que Jesús hizo por mí en la cruz para que mis pecados fueran perdonados. Creo que Jesús resucitó y está vivo. Creo que Jesús es Dios encarnado. Le acepto ahora mismo como Salvador de mi vida. Te entrego hoy mi vida. Por favor, dirige mis pasos y mis decisiones. Llena con tu presencia y tu amor ese vacío existencial, esa insatisfacción vital que a veces trato de llenar en vano con otras cosas. Lléname de tu paz y tu gozo. Te proclamo Señor de mi vida y acepto el regalo inmerecido de la vida eterna. Mientras tanto, ayúdame a vivir aquí, el tiempo que me quede, tomado de tu mano. Que no me contamine con la maldad del siglo. Te lo pido, en nombre de Jesús. Amén".
Mi mayor motivo y misión en esta vida es llevar el Evangelio ("Buenas noticias") de perdón, salvación, reconciliación con Dios y vida eterna, a otros, sobre todo, a los que más amo, porque quiero que cuando me toque y les toque partir, estemos juntos con el Señor, para siempre.
Les quiero entrañablemente. No pospongamos la decisión. Cuando le entregamos la vida a Cristo (no a una denominación o religión en particular), no hay nada que perder, sí mucho que ganar.
Dios le ilumine, les guarde, les llene de su presencia maravillosa.
Un abrazo grandote!
Gilda